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Intimate Conchita

Miguel_Alvarez
Miguel Álvarez / «No hay manera, nunca me acostumbraré a los tacones. Esta noche al cansancio habitual se une la tensión y los nervios de tantas horas. Qué dolor. Pero hay que reconocer que para ser un hombre, los tengo muy bonitos».

 

Suavemente, de la superficie de espuma surge un pie. Su propietaria lo observa, sonríe, lo deja caer y suspira. Sonrisa que se refleja en el espejo, que, cuidadosamente, había situado minutos antes en el filo de la bañera. Antes de volver a beber de la copa de Dom Pérignon que tan femeninamente sujeta su mano, observa su reflejo, y brinda con él. «Va por ti, Conchita».

DomPerignon «Champán francés. Lo dije y lo cumplí. Lo primero que haría si ganase Eurovisión sería beberme yo solo una botella del mejor champán. En realidad ya van dos. Suficiente. No quiero olvidar ningún detalle de esta noche memorable. Mi noche más soñada, mi noche más buscada».

Todavía maquillada, con un recogido muy casual en la peluca, las uñas pintadas, las pestañas postizas en su lugar… «Este momento no me pertenece, le pertenece a ella. Ey, ¡estoy celoso de Conchita!». No puede contener una carcajada, que trata de ahogar con la mano. Había sonado muy masculina, rompiendo la magia del momento.

«Quién me lo hubiese dicho cuando con René Berto, mi agente, nos revisamos las más de mil canciones que nos enviaron. Recuerdo cuando le tuve que decir a Ralph en octubre “It’s not my style, sorry”. ¡Cualquiera se atrevía a llevar a Eurovisión esa canción! Bueno, Valentina sí. Se atrevió. Maybeeee».

Y es que sin René, este sueño hubiese sido imposible. «Gracias a él la ORF me nombró representante sin mediar selección. Él el que logró que la ORF encargase la base musical a la Orquesta Filarmónica Nacional de Hungría». Vuelve a servirse champán. «Esta por René».

Un escalofrío recorrió su piel, erizándola, al revivir el momento en que escuchó por primera vez Rise like a phoenix. «No hubo duda, tenía que ser esa. La habré cantado más de 100 veces, pero cuando soy yo quien la escucha no puedo evitar emocionarme. Como aquel día en el coche de ese chico español, Miguel, de camino al hotel desde el aeropuerto. Cómo al empezar a sonar la canción se hizo un repentino silencio, y René, sin pedir permiso, elevó tímidamente el volumen. No hubo una palabra, no moví un dedo en los tres minutos, observando a través del cristal las estrechas calles del viejo Madrid. Parecía que el ruido del caótico tráfico había cesado. Al terminar, estaba de nuevo emocionada. Sabía que podía ganar. Ya en ese momento lo sabía».

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Como si estuviera en el instante final de su vida, toda ella pasa ante sus ojos. Su infancia en Gmunden, su homosexualidad, las pequeñas humillaciones de sus vecinos: «You wouldn’t know me at all today, from the fading light I fly». La lucha por hacer de su vocación y su talento su modo de vida, los reality shows, los desengaños. Y de repente, de su más interno yo, surgió Conchita. «Siempre estuviste ahí, siempre te sentí. Qué grandísima zorra eres, cómo te hiciste hueco en mi cabeza hasta que casi me has anulado, ya soy más tú que yo mismo. “You were warned, once I’m transformed, once I’m reborn”. Eras el revulsivo que yo necesitaba. Gracias, mis amigos cubanos, por ponerte nombre de pila. ¿Cuál es el nombre latino de la chica a la que todos se quieren ligar? Concha dijeron. No way! Conchita, entonces. Sí, Conchita. Conchita Wurst». Nueva carcajada, que esta vez no trata de reprimir.

Lenta y elegantemente, abandona la bañera soltándose el pelo. «Aquí falta alguien que me ponga el albornoz». Se observa en el espejo envuelta en él y tararea: «Peering from the mirror, no, that isn’t me, a stranger getting nearer, who can this person be…». Sin olvidar la copa de champán, se tiende en la cama y observa el vestido. «Magnífico. Aunque el de la primera actuación en directo era maravilloso. Esa arquitectura en las caderas. Lástima que los realizadores de la ORT no supieran sacarle partido, apenas se aprecia. Pero mucho peor es lo que pasó con el vídeo oficial. Cada vez que lo veo no puedo evitar gritarme: ¡Mamarracha! Yo quería un video elegante, centrado en mi expresividad, pero me dijeron que sabían lo que hacían. Menos mal que en Dinamarca me han hecho caso. Por favor, una realización como la que regalaron a Ott Lepland en 2012». Rápidamente, expulsa de su mente la imagen de Ott. No era el momento para tener una erección.

«Estos meses agotadores han dado resultado. Lo tuve siempre muy claro, la promoción y el trato a los fans es fundamental. Te debes a aquellos que te buscan, que te piden una foto, que te sonríen. Si esto no te gusta, ¿qué haces aquí? Recuerdo especialmente la noche que actué en Madrid, fue terminar de cantar de madrugada y a volar a Riga, sin tiempo apenas de cambiarme de bragas. Pero lo tenía que hacer».

Ella sabe que debe parte de su triunfo al público gay. En los meses precedentes la mayoría de los mensajes de apoyo por email y las redes sociales procedían de gays de Rusia y los países exsoviéticos. El efecto Dana podría repetirse. Y lo hizo.

Conchita Wurst FOTO 2Y piensa de nuevo en Thomas, ese chico de 26 años al que le acaba de cambiar la vida radicalmente, ese chaval menudo, bajito, que pasa desapercibido en el metro de Viena, que probablemente tendrá que abandonar su idea de acudir a Eurovisión como fan, porque piensa que es el mejor sitio para divertirse y ligar. No, siempre tendrá que volver como Conchita. «Me convertiré en un mito más, como aquella charming old lady con la que coincidí en octubre. Anne-Marie David. Adorable… y pesada. ¡Una hora de concierto! Sobraron 45 minutos. Thomas, tú sabrás retirarte a tiempo».

El sueño casi le vence, pero no quiere dormir. «¿Recepción? Un botella de Dom Pérignon a la habitación 315». Acaricia su barba y dice: «Thomas, esta va por ti. We are unstoppable».